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Si hay algo que ha demostrado el cine y la literatura es que cualquier cosa, por increíble que parezca, también puede ocurrir en la realidad. Pero para viajar al pasado ya no hace falta un artilugio mágico o una máquina del tiempo. En Madrid, un aventurero deseoso de nuevas experiencias puede trasladarse en menos de cinco minutos a los Estados Unidos de la era del twist, que han sido atrapados en el restaurante Peggy Sue’s, o a ese Madrid castizo que aún conserva  sus aires dentro de la taberna Vinos Sagasta.

Vinos Sagasta y Peggy Sue's sólo están separados por 200 metros / Fuentes: Google Maps, Peggy Sue's, El Museo Virtual y elaboración propia

Vinos Sagasta y Peggy Sue's sólo están separados por 200 metros / Fuentes: Google Maps, Peggy Sue's, El Museo Virtual y elaboración propia

Todo está preparado. Nuestro viaje en el tiempo está a punto dar comienzo un sábado caluroso y festivo. ¿El lugar de encuentro de la tripulación? La Glorieta de Bilbao. Curiosamente, los elegidos para esta misión advertimos un gran revuelo a causa de la expectación producida por el público que está viendo el clásico Real Madrid-Barcelona: en los establecimientos no cabe un alma más.  Pero este partido de fútbol, en el que el club madrileño acabó rendido a la evidencia de los culés, no entra en el plan de vuelo. En nuestro mapa ya están marcados los destinos claves a los que se debe llegar: el restaurante Peggy Sue’s y la taberna Vinos Sagasta. La ruta no será larga, ya que, según los cálculos establecidos, tan sólo cinco minutos separan los dos destinos de nuestro viaje en el tiempo. Abróchense los cinturones que la aventura no acaba más que comenzar.

Misión 1: Peggy Sue’s

El aterrizaje ha resultado un éxito. Tras lidiar con el camarero para encontrar una mesa disponible, nos acomodamos en los sillones coloridos del Peggy Sue’s. Nada más tomar asiento, la atmósfera del local nos atrapa: música de los cincuenta, proyección en múltiples pantallas de “Los caballeros las prefieren rubias protagonizada por Marilyn Monroe [en inglés], el servicio está uniformado con ropa de la época, los colores chicles por todas las paredes, la clásica máquina de música que funciona con monedas y que parece que sólo existe en las películas…  En definitiva, una decoración que empalaga la vista.

Tras decidir nuestros platos, la idea de quedarnos atrapados en la década de los cincuenta, como les ocurría a los dos protagonistas de Pleasantville, no para de atormentar mi mente. “Seguro que el chico más popular del instituto y capitán del equipo de rugby se cita aquí con la líder de las animadoras. La pareja mítica de Grease, el rebelde Danny Zuko y la inocente Sandy, tampoco se harán esperar. Se sentarán en la mesa contigua”, imagino. Pero no, ya no queda sitio para nadie más. Ni para los chicos de American Graffiti. Peggy Sue’s es tan pequeño que se recomienda encarecidamente reservar con antelación, porque no cuenta más que con cinco mesas. Minúsculo, pero acogedor, un local que está siempre en el ojo mira de los medios de comunicación, ya que suelen ser foco de las críticas gastronómicas y se utiliza como lugar de encuentro para realizar entrevistas a famosos (como al jugador español de la NBA José Manuel Calderón [pdf]) o como el escenario perfecto de numerosas campañas publicitarias.

Peggy Sues consigue que nos traslademos a los años cincuenta / Fuente: Peggy Sues

Peggy Sue's consigue que nos traslademos a los años cincuenta / Fuente: Peggy Sue's

Después de saborear varios sándwiches y cheeseburgers, creaciones estrella de un menú [pdf] a precio asequible pero que no goza de una amplia variedad de platos, algunos de nuestros tripulantes deciden probar una limonada rosa que al final, después de las dudas iniciales, resultó ser muy refrescante. Los suculentos brownies o la New York Cheesecake deberán probarse otro día. Nuestros estómagos no tienen espacio para nada más. Ante la satisfacción de la cena, dentro de la tripulación se hace un nuevo pacto: se realizará otra visita obligada en próximas misiones.

Misión 2: Vinos Sagasta

La visita al Peggy Sue’s fue tan rápida como placentera. El camarero decidió colar a nuestra tripulación mientras se esperaba la llegada de otros clientes que habían reservado la mesa con antelación.  Ahora debemos dirigirnos al otro punto marcado en la hoja de ruta: la taberna Vinos Sagasta.

En nuestro aterrizaje advertimos una fachada antigua, “como las de antes”, dice la tripulante Pilar. Es de madera, granate y con un cartel en el que destacan unas letras doradas con el nombre “Vinos”. Al entrar, advertimos que es un lugar que con creces nos supera a todos en edad. Tímidamente tomamos asiento en cajas de refrescos en frente de un barril de cerveza que ha sido improvisado como mesa. La música que se escucha parece animada: suenan temas clásicos en español, típicos de verbena, y grandes éxitos de los ochenta. Al mirar a nuestro alrededor, nos topamos con la variopinta clientela. En esta taberna se puede encontrar de todo, desde los que hacen tiempo para salir por la zona, como es el claro caso de nuestra tripulación, a lugareños que sólo les falta la boina. Jóvenes y mayores unidos por una razón: disfrutar del vermú y de los vinos que ofrece esta taberna.

El vino estrella de la taberna descansa en un barril improvisado como mesa

El vino estrella de la taberna descansa en un caja de madera improvisada como mesa / Dgusto.com

Desde nuestra llegada, Alfonso, el dueño y un peculiar relaciones públicas, estuvo muy atento de que los integrantes de la misión estuviéramos cómodos. No duda en servirnos su “vino dulce”, elaborado con canela y genciana, acompañado de unas tapas de aceitunas, queso de cabrales, sobrasada y embutidos de la tierra. Tras un par de rondas, varios miembros de la tripulación deciden apodar a esta bebida como “el vino del amor”, por la alegría y el cariño que provoca en la persona que se atreve a probarlo. Mientras tanto, Alfonso no para de relatar  las historias que esconden las fotos que decoran “una taberna que lleva casi 130 años en pie”. Nuestros cálculos sobre la edad del establecimiento han sido muy aproximados. “Os pongo otro, ¿a que sí?”. La tripulación ya no puede más. “Nada, nada, nada, ¡trae el vaso!” dice a Alfonso a una de nuestros integrantes. Después de otras rondas y de pagar un precio por persona muy razonable, la misión está a punto de llegar a su fin. Alfonso, como buen anfitrión, nos acompaña hasta la puerta. ¡Hasta la próxima, gracias!, nos grita. Con pena, como si este lugar ya nos fuera familiar, cruzamos la puerta de la taberna. Una puerta que simboliza el fin de este atípico viaje en el tiempo. Twist y chotis a menos de cinco minutos.

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